¿Llegará la vejez a ser una minoría de edad? Espero que no. Soy un defensor del anciano

Profesional de reconocida trayectoria y despacho en el centro, acaba de ser elegido miembro de la Academia de Buenas Letras por su doble condición de jurista y articulista

Pablo Gutiérrez-Alviz, en su notaría, durante la entrevista / FOTOS: JUAN CARLOS VÁZQUEZ

El despacho de Pablo Gutiérrez-Alviz (Sevilla, 1959) es el que se espera de un notario de los de siempre: maderas nobles, cuero verde, anaqueles con sobrios tomos legislativos, algún cuadro de Manolo Salinas para dar un toque de color y modernidad… Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla en 1981, sus brillantes notas (todo matrículas de honor menos un sobresaliente) le hicieron merecedor del Premio Extraordinario de Fin de Carrera y del Premio de la Real Maestranza de Sevilla al mejor expediente académico. Asimismo, en 1982, ganó el Premio Nacional ‘La Ley’. Como notario ha ejercido en Alameda (Málaga); Utrera (Sevilla), localidad en la que adquirió una afición al flamenco que con el tiempo le llevaría a ser patrono de la Fundación Cristina Heeren; Barcelona y Cádiz, ciudad a la que se sigue estrechamente unido. En 2003 llegó a su Sevilla natal, donte tiene despacho en la calle Santas Patronas. Sin embargo, no todo son leyes en la vida de Gutiérrez-Alviz. Lector compulsivo y escritor de periódicos, es colaborador habitual del Grupo Joly con artículos en los que combina sus conocimientos jurídicos y vitales con un ácido sentido del humor. Producto de esta tarea son los libros ‘Un patinete de lujo’, ‘Cariño, quítate la corbata’ y ‘La soldada rasa’. Acaba de ser nombrado miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.

-¿Qué hace un notario en la Academia de Buenas Letras? Pega más en la de Jurisprudencia, ¿no?

-En todas las reales academias se buscan profesionales de distintos gremios intelectuales y otros estamentos (médicos, juristas, escritores, universitarios, militares, autoridades de la Iglesia, nobleza…) que tengan preocupación por el lenguaje. Cubriré la vacante de Eduardo Ybarra, que también era jurista y escritor.

-¿Se lo esperaba?

-No. Después de presentar mi último libro, La soldada rasa, Antonio Burgos, al que considero mi maestro en el articulismo, pensó que podría ser adecuado. A él se le unieron Rogelio Reyes, el propio Manuel Olivencia -que falleció en el proceso- y Enriqueta Vila. Se valoró mucho mi condición de jurista.

-En su familia existe una tradición de académicos de Buenas Letras. Su padre, el catedrático y abogado Faustino Gutiérrez-Alviz, también perteneció a esta corporación.

-Ingresó en la Academia en 1952 y murió en 2006… De broma, le dije a Antonio Burgos que yo ya fui engendrado por un académico. Mi padre fue director de la Academia, sobre la que se hablaba mucho en mi casa. Desde muy joven viví cosas como el traslado de los bajos de Bellas Artes a la sede actual, en la Casa de los Pinelo; o toda la adaptación a las grandes academias de Madrid, que entre otras cosas conllevó el tratamiento de excelentísimo a los académicos. En la época de mi padre también se empezó a abrir las puertas a los escritores, con Caro Romero, Aquilino Duque, Ruiz Copete… porque la Academia de entonces tenía un sesgo demasiado universitario.

“EN EL ÉXITO ACADÉMICO HAY QUE TENER EN CUENTA UNA MÁXIMA: LA VOLUNTAD SE EDUCA Y LA MEMORIA SE EJERCITA”

-Hace poco, sus hermanos y usted donaron a la Academia una parte importante de su biblioteca.

-Sí, los 300 tomos de La Biblioteca de Autores Españoles, que es una colección magnífica que empezó a editar Manuel Rivadeneyra en 1846. Todos pensamos que su sitio era la Academia.

-Es decir, que hay que llamarle excelencia…

-No, todavía soy electo… por lo tanto no soy nada (risas).

-Siempre que se rasca la superficie de un hombre, aparece la figura del padre.

-El que yo escriba se lo debo a su ejemplo. Mi padre no era una persona especialmente sociable, sino más bien rigurosa y seria, cabal a la antigua. Tampoco era uno de esos padres intensos, sino que nos enseñaba con el ejemplo. Yo veía que siempre estaba leyendo y que se lo pasaba muy bien, por lo que me aficioné a la lectura desde muy joven con libros como las aventuras de Nils Holgersson o el Quijote. Como decía Manuel Olivencia en un prólogo que escribió para uno de mis libros, el que escribe es porque ha leído.

-¿Ha pensado ya el tema de su discurso de ingreso?

-No, pero quiero que mezcle lo jurídico y lo literario. Intentar jugar con el lenguaje. Quiero encerrarme este verano y escribirlo en la finca que tengo en Villamanrique.

-Su currículum universitario es impresionante, lleno de premios y matrículas de honor. Sin embargo, no tiene usted pinta de empollón.

-En aquella época tuve que serlo, pero siempre he tenido claro que hay tiempo para todo: estudiar, divertirse y hacer deporte.

-¿Cuál es el secreto para el éxito académico?

-En mi casa había muy buen ambiente de estudio, y eso es muy importante. Sobre todo, es cuestión de organizarse bien. También hay que tener en cuenta una cosa: la voluntad se educa y la memoria se ejercita.

-La suya, como notario, debe estar muy musculada.

-Cuando estaba estudiando las oposiciones llegué a tener tal nivel de memoria que procuraba no leer cosas ajenas al temario, porque terminaba memorizándolas…

El entrevistado posa para los medios gráficos de ‘Diario de Sevilla’.El entrevistado posa para los medios gráficos de 'Diario de Sevilla'.

El entrevistado posa para los medios gráficos de ‘Diario de Sevilla’.

-Como Funes el Memorioso, el personaje de Borges.

-Exacto. Recuerdo un día que leí en casa un artículo de Umbral, de su columna Spleen de Madrid. Al rato llegó mi padre y le dije que el texto de Umbral era magnífico, y sin apenas darme cuenta se lo recité. En ese artículo, a Ricardo de la Cierva le llamaba “Don Cierva”, con toda la sorna que eso conllevaba…

-¿Por qué decidió ser notario?

-Primero barajé ser diplomático o Catedrático de Civil, pero en ambas opciones había que invertir mucho tiempo. A mí me tiraba mucho el tema de conseguir mi independencia. Un hermano mío me dijo que por qué no opositaba a notario, que daba independencia y permitía desarrollar otras aficiones más allá de la carrera. También me atraía la capacidad del notario de resolver conflictos familiares, hipotecarios… Saqué las oposiciones en apenas dos años. Mi mujer, Concha Velasco, licenciada en Medicina, ha sido un apoyo fundamental en mi vida. De novia fue también una de las personas que me sugirió que opositara a notarías. Ha sabido formar y educar a nuestros hijos con suma inteligencia y rigor (yo he sido menos intenso). De hecho, los tres, Pablo, Carmen y Gonzalo (abogados los dos primeros e ingeniero industrial el último) han hecho sus carreras universitarias con excelentes expedientes; el benjamín hasta con Premio Extraordinario de Licenciatura.

-El mito es el siguiente: un notario es un señor que ha estudiado mucho durante un momento de su vida pero que, una vez que saca las oposiciones, se levanta tarde, firma dos papeles, se va a tomar el aperitivo y, además, se hace rico.

-La mayoría de la gente, que apenas va dos o tres veces en su vida al notario, cree que éste sólo está para la firma, que no ha hecho nada más. No se da cuenta de que, detrás de esa firma, hay una labor inmensa de control de legalidad y de conciliación, porque en las ventas (y en las herencias ni le cuento) se pueden suscitar muchos conflictos. No es nada raro que haya que firmar con miembros de la misma familia en distintas salas. Ahora que también podemos divorciar se multiplican estos problemas. Recientemente tuve una firma con una pareja en la que uno de ellos tenía una orden de alejamiento, por lo que tuvimos que recabar su firma a doscientos metros de la notaría, en plena calle.

“DETRÁS DE LA FIRMA DE UN NOTARIO HAY UN TRABAJO INMENSO DE CONTROL LEGAL Y DE CONCILIACIÓN”

-¿Un pacto del capó?

-Algo así. Le dije a mi oficial: “Vamos a contar bien los pasos no vayamos a liarla”. Una cosa que no se ve es la tremenda labor de actualización jurídica que tenemos que hacer los notarios, sobre todo con este maremoto de legislación. Hay una auténtica obsesión por regularlo todo, lo cual me parece una equivocación, porque cada vez se está constriñendo más la autonomía de la voluntad. Otro problema es que el lenguaje de los textos jurídicos, que antiguamente era muy bueno, se está convirtiendo en una verborrea economicista, con la utilización de un léxico técnico extremo. Se ha perdido rigor legislativo.

-¿Y cómo hace para sacar adelante tantos asuntos?

-En mi carrera profesional he tenido la suerte de encontrar y trabajar con magníficos colaboradores. El equipo que conforma mi actual notaría en Sevilla es magnífico.

-Últimamente, algunos ponen en duda la pervivencia de la figura del notario tal como hoy la concebimos.

-Hay un enfrentamiento entre el derecho anglosajón y el latino. En el primero no existe el notariado tradicional, sino que son los abogados los que tienen una importancia decisiva, y se auxilian de unos fedatarios sin formación jurídica que sólo se preocupan por la identificación del firmante. Sin embargo, el notariado latino vigila la legalidad del documento y juzga la capacidad del otorgante: damos fe de que el que está firmando está en condiciones de hacerlo. Ese doble matiz, mientras no nos absorba el derecho anglosajón, es la clave. Damos fe de que no sólo es Fulano, sino también de que tiene capacidad suficiente; es decir, que está bien de cabeza, está libre y se encuentra en pleno uso de sus facultades; así como que el documento cumpliría la legalidad vigente.

-Este asunto debe ser hoy muy importante con el espectacular aumento de esperanza de vida que se ha registrado en los últimos años.

-Precisamente, yo empecé a escribir en el Diario por el último testamento de Alberti, que fue muy polémico. Uno de los problemas del futuro es la senectud: ¿qué pasará con los ancianos? Hay algunos que ya hablan de la senectud como estado civil. ¿Llegará a ser la vejez una minoría de edad o una excesiva mayoría de edad entre comillas? ¿Esto implicará una graduación en la capacidad de las personas mayores? ¿Se llegará a la situación de que, a partir de una determinada edad, se disminuya automáticamente la capacidad de las personas? Son cosas que me preocupan mucho. Yo estoy en contra de cualquier discriminación por la edad y me considero un defensor del anciano y su plena capacidad. La jurisprudencia reiterada insiste en que a un anciano, por muy decrépito o achacoso que se encuentre, no se le puede declarar incapaz. Una cosa es la cuestión física y otra la mental.

-¿Y de lo del notario apoltronado en su sillón?

-Totalmente falso. El año pasado hice muchísimas actas por las calles. Por ejemplo, con los últimos temporales he tenido que ir a naves industriales para dejar constancia de los desperfectos por cuestiones de seguros. Hay mucha labor callejera. Recientemente, junto al taxista que me suele acompañar en estas salidas, tuve que ir a un barrio muy peligroso de Sevilla a levantar un acta. Era por la tarde y yo iba vestido de manera informal. Cuando llegué al lugar, el notificado me preguntó que dónde estaba el notario, a lo que le contesté que era yo. Él no se lo creyó y me dijo que seguro que estaría en casa rascándose la barriga, que eran unos caraduras. Me negué a mí mismo y preferí no insistir… Son muchas cosas… Por ejemplo, en una compraventa tenemos que controlar que el vendedor es el que dice, que tiene capacidad, que está al día en los pagos del IBI, en comunidad, la cuestión catastral, los medios de pago…

-El dichoso dinero negro…

-Ahora tenemos una labor preventiva y de colaboración con la Hacienda Pública para el control de capitales que la gente no ve… Hoy en día está todo muy controlado y es difícil mover el dinero negro. No diré que ha pasado a la historia, pero…

-Es decir, que los notarios hacen una importante función social y económica.

-Y no somos caros en muchas de nuestras actuaciones profesionales, como testamentos (unos 50 euros) poderes y actas. Y para el resto de documentos se encuentra en precios muy de mercado”.

-¿Les intentan engañar mucho?

-Había un viejo notario que decía: “La notaría es donde más se miente”. Pero eso era en épocas pasadas.

-Hablemos de algunas de las ciudades en las que ha trabajado. Cádiz es una de ellas.

-No he visto ciudad con más ingenio que en Cádiz capital. Me sigue asombrando que es una sociedad con un desclasamiento perfecto. Cualquiera te puede poner en su sitio y con todo el derecho del mundo. Pero con arte.

-Sevilla es una ciudad más dura, ¿no?

-El tema agrario pesa demasiado. Cádiz tiene más de puerto. Eso te cambia la mentalidad. Yo he llorado de risa en Cádiz en algunas situaciones.

-También trabajó en Barcelona.

-En mis años catalanes (1995-1997) ya se podía elegir el idioma de la escritura y, en ese lapso de tiempo, en la notaría a mi cargo, sólo optaron por la redacción y lectura en catalán dos personas. Curiosamente, ambos nacidos en una pequeña localidad de una provincia muy alejada de Cataluña y dedicados a la enseñanza infantil. Hace unos 20 años no existía el conflicto catalán como tal, sin perjuicio de algunas susceptibilidades. La clave del éxito de los catalanes no es que sean más listos o trabajadores que los andaluces, sino la organización. Es una sociedad muy organizada.

-En sus artículos de prensa, especialmente los protagonizados por Putin, el espía ruso, el elemento del humor es muy importante.

-Para mí el ejemplo es Eduardo Mendoza y su locati, al que creo recordar que nunca le ha puesto nombre. Este tipo de personajes te permiten decir lo que piensas y divertirte con la escritura. Olivencia lo decía, la mejor manera de divertir al lector es hacerlo uno mismo mientras escribe.

-En general, los españoles solemos desdeñar la literatura de humor, lo cual lo podríamos considerar como un defecto.

-Yo he leído mucho a P. G. Wodehouse… En general en España, desgraciadamente, hay muy poco humor en la prensa diaria. A mí me gusta que la gente disfrute con mis textos, aunque, como dice Rogelio Reyes, el articulista juega con el enigma del silencio de los lectores.

Fuente: diariodesevilla.es

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