26/05/2019

Se ha hecho célebre en las salas de espera de muchas consultas el cartel que reza:
 
“No confundas tu búsqueda en Google con mi título en medicina”
 
La frase puede aparecer en inglés y se ha colocado como decoración en camisetas o en tazas de desayuno. Hace alusión a la proliferación de información en la red que está al alcance de las personas para que usuarios con más o menos criterios médicos (o sin ninguno) elaboren su diagnóstico o encuentren el tratamiento a sus males. Mucha información pero… lo difícil es saber hilarla, saber si tiene o no relevancia para el problema que les atañe. La desesperación es un ingrediente que lleva a buscar soluciones, las que sea, tengan o no tenga fundamento. Hay quien opina que todo está en la red y que sólo es cuestión de encontrar el algoritmo básico para encontrarlo.
 
A veces el problema para dar con el éxito de la empresa no es meramente cuantitativo sino cualitativo. Cien mil necios no hacen lo que hace un sabio, ni percutiendo al azar. Por eso en las consultas cada vez vemos más pacientes que nos abordan en las consultas con información que han sacado de internet para ver no sólo si en ella está la solución a sus cuitas sino si estamos o no al corriente de ellas. Reconozco que aunque hago alarde de estar a la última, al menos en mi especialidad, en ocasiones alguno llega con información que desconozco… pero rápidamente voy a ver en qué consiste o qué hay de cierto o de tendencioso en ello.
 
La frase ha sido utilizada en los ámbitos médicos como escudo defensivo frente a las supuestas impertinencias de los pacientes en una consulta que debe desarrollarse en un tiempo récord de 3-5 minutos. “Por favor, no me venga usted con milongas ni ideas peregrinas, que no estamos para ciencia ficción”, le decimos al paciente que esgrime todas sus últimas búsquedas en Google. Hay otra frase similar que corre por las redes que también hace alusión al mismo fenómeno y que dice:
 
“Si buscas una segunda opinión al diagnóstico que te dio el Dr. Google, pregunta al Dr. Yahoo”
 
Se diría que los médicos tratando con desdén el valor de la información que la red ofrece para los pacientes, pretendemos mantener nuestra profesión alejada de las profecías que avisan del cambio tecnológico que se está operando en la sociedad y de cómo este cambio va a modificar las profesiones del futuro, acaso del presente. Yo siempre he creído que el ejercicio de la medicina es más que hacer diagnósticos brillantes o administrar remedios eficaces para las dolencias. Por supuesto que si esto se consigue ya pasa uno la valoración de los pacientes con una nota alta, pero los pacientes van buscando en el médico alguien que de verdad se interese por su caso, por su salud, por su persona, incluso más allá de su cuerpo, valorando también su situación social. Curiosamente en este mundo con tanto desarrollo tecnológico que aboca a la ostentosa “medicina de precisión”, precisamente erramos en el trato humano. Pero es que no nos examinan de eso en la carrera.
 
Rompo una lanza ahora por la tecnología y voy a inquietar a mis colegas parapetados tras su bolígrafo, su ordenador, su sello, su recetario,… incluso sus guantes estériles de quirófano. Lo he dicho otras veces y cada día que pasa lo digo con más convicción: la tecnología nos va a suplantar en las tareas más rutinarias del ejercicio de la medicina. Las máquinas son capaces de hacer mucho mejor que nosotros diagnósticos y también de elegir tratamiento. Los algoritmos diagnósticos que puede manejar un ordenador cuántico con aplicación de inteligencia artificial (IA) son billones de veces más ricos que los que pueda emplear el médico con mejor expediente del mundo. Cada día salen nuevos artículos que así lo refrendan: son capaces de analizar con mayor precisión el fondo de ojo de un paciente que cualquier catedrático de oftalmología. Y un ordenador con una base de datos rica en imágenes de tumores pulmonares será capaz de verlo en las imágenes de una TAC mucho más precozmente que cualquier equipo de radiólogos. Simplemente porque el ojo de la máquina no se fatiga y su nivel de discriminación de grises está por encima del ojo humano. En numerosas tareas del ejercicio de la medicina las máquinas nos van a facilitar la tarea.
 
Quiero hacer énfasis en que yo personalmente no veo como una amenaza para mi trabajo el que la IA me quite de tareas. De hecho me alegra mucho que haya ingenios tecnológicos que puedan hacer, por ejemplo, endoscopias digestivas con más rapidez, precisión y seguridad de lo que lo hago yo. Hay muchas personas que viven con angustia el que las máquinas aprendan a hacer algo mejor que ellos… y se vayan al paro. Ejemplos de desaparición de profesiones motivadas por el desarrollo de la tecnología no faltan a lo largo de la historia. Pero este hecho, no es una amenaza, es una oportunidad de cambio. Antaño podía ser una ventaja saberse la lista de los reyes godos, o memorizar 300 temas para pasar una oposición. Hoy en día eso no reporta una ventaja significativa porque toda esa información está en la red. Igual que ya no es una ventaja tener un trillo en la era porque hay cosechadoras. Otra cosa es que arrastremos la inercia de que el acceso a los puestos de trabajo sea por la capacidad de aprenderse de papagayo un temario o superar un examen tipo test, como el MIR, que sólo sirve para discriminar sobre lo absurdo. Los curriculums abultados están de capa caída: como decía una de las mayores fortunas del planeta y líder de los negocios, un currículum sólo muestra cuánto se ha gastado uno en su formación. Lo sustancial cabe en una hoja, lo demás en paja.
 
La proliferación de titulaciones universitarias deja entrever lo incierto que es el futuro profesional. Va a dar un poco igual en lo que uno esté titulado, porque de cara a la empresa lo que más va a contar son aspectos no mensurables por exámenes al uso. Será la plasticidad, la capacidad de trabajo en equipo, de liderazgo, de sacrificio, de generación de empatía, de creatividad, de ingenio para salir adelante frente a los imprevistos,… precisamente porque esto es lo que las máquinas harán mucho más torpemente que nosotros. Es lo más complicado de “robotizar”, lo que es propiamente humano. La subsistencia laboral está en el nicho que las máquinas no puedan cubrir, porque todo lo que ellas sepan hacer mejor que nosotros… no es terreno para nosotros, nos desplazarán. Es como si uno se entrenase en correr cada día más rápido… habiendo coches: nunca sobresaldrás en velocidad respecto a esos artilugios. Son las aptitudes más que el curriculum profesional lo que harán de nosotros una persona del montón o una persona excepcional.
 
Un terreno peligroso puede ser delegar la decisión en la máquinas: las herramientas diagnósticas nos ayudarán en el diagnóstico pero el “intro”, vistobueno, la decisión, la ha de dar un ser humano. Un individuo que además será el responsable de esa decisión. Un ordenador me podrá decir que el paciente cuyos datos he metido tiene una tuberculosis con una probabilidad cercana al 100%, pero quien tiene que asumir que eso es así, que validar esa impresión diagnóstica, soy yo.
 
Volvía de un curso donde nuevamente se hablaba de conceptos que están transformando nuestro ejercicio profesional: BigData, IA, ordenadores cuánticos, 5G,… parecía ciencia ficción pero no lo es. La capacidad predictiva de esos sistema es abrumadora y se pueden depurar mucho más, porque a los ordenadores es cuestión de darles cada vez más y más casuística, mucha más de la que puede albergar cualquier cerebro humano. Al volver, he vertido esos conocimientos sobre colegas, traumatólogos, médicos de familia, cardiólogos,… unos más incrédulos, otros más temerosos. Muchos lo ven lejano. Otros creen que se jubilarán en su consulta de pueblo con un sistema de gestión que se cuelga cada dos por tres. Un trauma no ve cómo un Da Vinci puede apartar todo el panículo adiposo de un paciente de 130 Kg al que hay que llegar al acetábulo para recambiar la cadera… Ya no son los simuladores que se empleaban hace 10 años para cirugía de espalda. Cada versión que sale supone una mejora notable sobre la precedente, mucho más versátil y que afronta las limitaciones de la anterior. Esto va muy rápido y sólo nos queda tiempo para reflexionar sobre lo que nosotros podemos hacer mucho mejor que las máquinas. El problema es que la reflexión sobre ello… se ha cuajado y está anquilosada detrás de una tablet. Hay atrofia de ingenio.

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