15/02/2022

Según el testamento de la reina Isabel la Católica, su deseo fue tener 3 hijos, para que uno fuese heredero de la Corona de las 3 Españas; otro, Arzobispo y, el tercero, notario de Medina del Campo.

Dicen las fuentes que fue el emperador Justiniano (siglo VI) quien creó el documento. Luego sería Carlomagno (siglo IX) quien cuidaría de la organización de los llamados Notariados: cada Obispo o Abad y Conde debían tener su notario, y a ellos se les exigía primero una formación y luego, el juramento. Su nombramiento era competencia de la realeza.

 

El escriba en el antiguo Egipto

Vayamos pues a sus orígenes. La historia de Egipto atrae singularmente a los notarios por los ancestrales raíces que pudiera tener su profesión, debido a la existencia de un personaje de marcadas características y de trascendental importancia en aquella sociedad, el escriba, a quien realmente se le tiene como el antepasado del notario. 

La organización social y religiosa de Egipto hicieron de sus escribas personajes de verdadera importancia intelectual, dentro de aquel engranaje administrativo, estando además unidos a la divinidad de Thot, la fuerza creadora del pensamiento.

Se conocen pues dos clases de documentos: el «casero» y el del «escriba y testigo», el primero entre 3.100 y 177 a. C., y el segundo entre 1573 y 112 a. C. 

En el llamado «casero», una persona contraía simplemente una obligación, la de efectuar la transmisión de la propiedad de un objeto, lo que se llevaba a cabo con 3 testigos y la firma de un funcionario, perteneciente a la jerarquía existente. 

En el caso del documento «escriba y testigo», se trataba de la declaración hecha por una persona, escrita y firmada por el escriba, de tal forma que resultaría prácticamente imposible alterar el papiro, material en cuya grabación los egipcios se convirtieron en verdaderos maestros. 

Código de Hammurabi

En Babilonia, la actividad civil y manifestaciones religiosas estaban íntimamente unidas a la administración de justicia, impartida por los jueces, en colaboración con los escribas. 

El famoso Código de Hammurabi aparece grabado en piedra y contiene materia de índole jurídica, civil, administrativa y procesal, resultando especialmente interesante la importancia que se le confiere al testigo. 

En otras palabras, predomina la prueba testimonial, aparte de influencias de fuerzas naturales o la intervención fortuita de factores, más allá del entendimiento humano.

Y dentro de la organización de los hebreos, había varias clases de escribas: el del Rey para autentificar actos importantes de la actividad monárquica; el escriba del pueblo redactaba pactos y convenios entre particulares, o bien el del Estado, de funciones judiciales y como secretario del Consejo de Estado, pero el más importante era, sin duda, el escriba de Ley que gozaba de una gran autoridad e influencia, dada su misión de interpretar la ley. 

Solo ellos la interpretaban y solo se aceptaba su interpretación!!! Se les consideraba depositarios de la verdad, contenida en la Ley, y este hecho seguramente contribuyó al choque inevitable entre los fariseos y Jesús, cuya interpretación de la Ley no coincidía con la clásica, hecha por los fariseos.

Desde el paulatino moldeamiento de la figura de los scriptores profesionales francos, longobardos, carolingios y del Regnum italicum altomedieval, fue fecundo el desarrollo imparable del pensamiento jurídico, convirtiéndose en el elemento esencial de nuestra civilización, pero llegaron los invasores, en parte violentos. 

Los primeros fueron los visigodos que desde Roma se fueron extendiendo hacia el sur, ocupando al mismo tiempo Francia y la Península Ibérica.

Los glosadores de Bolonia

En el norte de Italia se produce una sucesión y consiguiente fusión de pueblos que, más tarde, configurarían un crisol jurídico, de modo que los sucesos históricos hicieron que Bolonia, más que ninguna otra ciudad de la Italia septentrional, sufriera estos impactos, formándose en su Universidad un grupo de notables juristas, comentadores de textos de Derecho, los llamados glosadores, y es allí donde nace la enseñanza pública del arte de la Notaría.

Irmieri Ranieri Di Perugia (1050 – 1120) fue el más grande de los glosadores que fundó la Escuela jurídica de Bolonia, y su obra Summa ars notarial expone la interpretación de las leyes romanas, lombardas y las propias. 

Se consideraba el ejercicio de Notario como un arte, pues en aquel momento el vocablo arte, como calificativo de la disciplina jurídica o intelectual, tenía un importante rasgo, definiéndose el arte de Notaria como la investigación que comprende la naturaleza de las personas, cosas y negocios que se manejan lícitamente por los hombres y que se transmiten a la posterioridad.

La influencia de los estudios notariales de los maestros de Bolonia fue verdaderamente positiva para los países vecinos, donde se dictaron normas reguladoras de la actividad notarial. 

Estatuto de Pedro II

Y así nace el célebre Estatuto de Pedro II en 1265, que contiene dos aspectos fundamentales. En virtud de los estudios de Bolonia, el documento notarial en la Edad Media es perfeccionado no solo en su redacción, fiel intérprete del querer de las personas, sino sobre todo dice: «Porque no se considera pública otra mano que la del notario».

En España, la evolución de la actividad notarial, debido a las relaciones entre el monarca y los señores feudales, dieron a la vida social un profundo contenido jurídico y político, y parece que ya en tiempos de la dominación goda, se vislumbra el notariado, pues, según San Ildefonso, en el siglo VII San Eladio fue notario de Sisebuto, Servintila y Sisenardo. 

Luego, las provincias españolas tendrán su propio esquema jurídico, pues el derecho castellano era distinto al de Aragón y Catalunya, y en Barcelona y Valencia adquiere especial esplendor y un notable progreso, comparable a la misma Bolonia.

El aspirante a Notario recibía una enseñanza directa por parte de otro notario, con quien compartía durante años sus quehaceres. 

Esta proximidad entre maestro y discípulo llegó al grado de compartir no solamente quehaceres profesionales, sino también para captar gestos, actitudes o posiciones correctas, culminando con la necesidad de vivir en determinadas etapas de la enseñanza, en la misma casa del notario.

Fernando III el Santo y su hijo Alfonso X el Sabio

Dos personalidades de destacada actuación en el ámbito jurídico aportaron mediante su obra gran reputación en el tema notarial: Fernando III el Santo y su hijo Alfonso X el Sabio. 

El primero ordenó traducir el Fuero Juzgo, una recopilación de leyes del siglo VII, y dentro del Fuero Real ya se habla de los escribanos públicos. 

Entre 1256 y 1268, se promulgan Las 7 Partidas de Alfonso X, que contiene un código, no solo sobre la organización notarial y sus funciones, sino también fórmulas para la autorización de los instrumentos necesarios para la redacción de determinados contratos. 

Establece unas condiciones éticas del escribano, su lealtad, su competencia, señalando dos tipos de escribano: para cartas y el despacho de la Casa Real por un lado, y por el otro, los escribanos públicos que redactaban contratos de los súbditos. 

Legalistas y decretalistas desenvolvieron la doctrina de las dos espadas, la del poder secular y la del poder papal (proclamada en Las Partidas y en el Sachsenspiegel de Alemania), contribuyendo valiosamente a a formación de una disciplina, de una doctrina notarial vigente universalmente en Occidente.

El ejercicio del notariado en el ámbito secular estaba vedado a los clérigos por la Decretal Fraternitati del papa Inocencio III del año 1230, para evitar que esta importante función pública fuese ejercida por personas del estado eclesiástico que quedarían fuera del control de la jurisdicción regia. 

Sin embargo, la propia Iglesia fue poco respetuosa con esta norma, ya que fueron muchos los eclesiásticos que ejercieron el notariado en los distintos reinos cristianos

El Notario, desde la Edad Media, se consideraba una persona pública porque estaba dirigida al interés social, público, de todos, o sea, era una persona oficial, no un funcionario.

En cambio, con la llegada de la Modernidad, muchas realidades políticas, sociales y económicas fueron cambiando de forma casi radical, aunque la Edad Media había aportado su caudal filosófico a través del cual se llegó a una nueva concepción del hombre occidental.

Y estas transformaciones influyeron también en el ámbito del Derecho, de manera que el Estatuto Constitución Imperial sobre Notariado, promulgado por Maximiliano de Austria, emperador del Sacro Imperio romano-germano,(siglo XV), establece que el notario está obligado a anotar todo lo ocurrido ante él y los testigos, dando fe de lo visto, oído y percibido por lo sentidos, o sea, el precepto de visu et auditu sui sensibus

Tras un largo paréntesis desde Maximiliano, aparece el 25 de Ventoso (16/3/1803) una ley, rectificando una serie de defectos, faltas y errores, cometidos por Maximiliano de Austria. 

Y este texto se considera el antecedente de las modernas legislaciones notariales, pues concibe y define a notarios como funcionarios públicos, competentes para recibir cartas y contratos, a los que las partes quieren dar el carácter de autenticidad.

Tradición notarial en Barcelona

En la ciudad de Barcelona, desde finales del siglo XIII aparecen las primeras Provisiones Reales sobre la actuación de los notarios (o fedatarios), y en Las Cortes de 1351, celebradas en la villa de Perpiñán, se establecen importantes normativas sobre lo que debe de ser la actuación de los notarios en Catalunya. 

Dichas normativa, de carácter fiscal, permitían, entre otras cosas, que las instituciones monárquicas y las municipales pueden revisar e inspeccionar los protocolos redactados por los notarios. 

Ante esta situación, un colectivo de cerca de 10 notarios barceloneses protesta ante las instituciones regias y el propio monarca, lo que pone de manifiesto que existe un colectivo notarial organizado que finalmente será el origen de lo que años más tarde se convertirá en el Colegio de Notarios de Barcelona. 

¡Y dieron fruto las protestas! En 1380, el monarca concede un privilegio que prohíbe a los funcionarios realizar una inspección general a todos los fedatarios de la ciudad condal, a excepción de que exista una denuncia contra un miembro de dicho colectivo.

El 6 de mayo de 1395, hace más de 600 años, se considera la fecha de la «fundación» del Colegio de Notarios Públicos de Barcelona, mediante privilegio real concedido por el monarca Juan I, autorizando a los notarios a reunirse sin necesidad de solicitar la licencia previa, pero sin que aparezca en dicho documento la palabra «fundación» o «constitución», pues únicamente se les reconoce como comunitatis notarium.

Con lo cual tanto los notarios públicos como los escribanos reales domiciliados en la ciudad, tendrán licencia para resolver entre ellos negocios relacionados con el arte de la notaria, debiendo reglamentar dichos negocios mediante capítulos y ordenaciones. 

También se les autoriza a imponer penas pecuniarias y a sufragar colectivamente, en forma de tallas, los gastos generados. 

Otro aspecto importante de dicho Privilegio a favor de los notarios es la pena de Talión, ante posibles calumnias y falsas acusaciones judiciales y extrajudiciales, es decir, la persona que, sin aportar pruebas, acusa a un notario de haber redactado falsa escritura pública, estará obligado a indemnizar por los daños que haya podido ocasionarle.

El testamento

Para el campo de la cultura y mentalidades, las fuentes notariales clásicas son los inventarios domésticos para el estudio de la vida familiar. 

El inventario de una posible biblioteca nos arroja luz sobre la alfabetización y la religiosidad de la familia y el inventario doméstico (principalmente urbano) estratifica el decorado interno, ajuar y confort doméstico de los diferentes grupos sociales, o sea que el testamento viene siendo la fuente predilecta para el estudio de la religiosidad popular y de su evolución, y, asimismo, nos hablan de sentimientos familiares, de la relación conyugal, de la vinculación paterno-filial, la discriminación en el seno de una familia, así como las relaciones con la servidumbre. 

Y precisamente el campo económico-sectorial debe mucho a la documentación notarial, por la información sobre créditos mercantiles o de inversión, pequeños comercios, talleres artesanales; venta de rentas, venta de censos o de cartas de gracia. 

Había diferentes instrumentos de créditos medievales: mutuum a interés legal, consentido a los prestamistas judíos; mutuum bono amore o préstamo amigable, a un interés camuflado, el de las mercaderías a crédito, con intereses implícitos, todo ello en el marco de actividades pre-industriales.

Debido a la masiva presencia de judíos en la ciudad de Barcelona, y la importancia de los documentos notariales relativos a sus negocios, que permite ampliar los conocimientos sobre este segmento de la población, nos consta que los reyes cristianos habían acogido a todos los judíos que huían de las persecuciones almohades, dándoles facilidades para instalarse en sus territorios, y utilizaron abundantemente sus servicios. 

Los judíos o, por lo menos, su elite social, presentaban a este respecto unas ventajas apreciables: muchos de ellos estaban especializados en el comercio y la artesanía, y algunos poseían bienes mobiliarios y una fortuna considerable que les capacitaba para adelantar a los soberanos las grandes sumas necesarias para financiar nuevas conquistas (fue un judío quien financió a Alfonso VIII su expedición que culminaría en la victoria de las Navas de Tolosa).

A modo de compensación, muchos monarcas entregaron a judíos la recaudación de impuestos y rentas que acabaría despertando la envidia de los no judíos. 

Un tópico al uso que corrió durante toda la Edad Media, convertía al judío en un habitante de la ciudad con oficios preferentemente urbanos, o sea, negocios financieros, comercio, artesanía, profesiones liberales o intelectuales, pero precisamente por los documentos se sabe que ellos pagaban al monarca tributo por el producto de sus campos y viñas. 

Pero, a finales del siglo XIII, nuevas leyes prohíben a los judíos poseer heredades; se les obliga a vender las que tienen en el plazo de 1 año, extremo que nuevamente está recogido en documentación notarial.

El tipo de interés

La sociedad cristiana procura, pues, apartarlos de las actividades agrícolas y ganaderas, y, más en adelante, también se intenta prohibirles dedicarse a la artesanía o al pequeño comercio. 

Las expoliaciones, vejaciones y persecuciones habían empujado a los judíos hacia el oficio de prestamista, y en el siglo XIII, cuando empezó a entrar en vigor la prohibición de cobrar intereses por deudas entre cristianos, idéntica prohibición existe entre los judíos, pero no entre personas de diferente religión.

El tipo de interés había sido fijado por Alfonso X el Sabio a través de Las Siete Partidas al «tres por cuatro», o sea, se presta tres, se devuelve cuatro, lo que equivale al 33,33%. 

Pero la convivencia entre gentes de diferente religión, elemento singular de los reinos medievales hispánicos, comenzó a entrar en crisis en los últimos siglos de la Edad Media.

Y el panorama comenzó a oscurecerse a partir del siglo XIV, con la aparición de la crisis que contribuyó a encrespar los ánimos, y la difusión de la peste negra a mediados del siglo XIV, desembocó en los primeros pogromos importantes de la península ibérica. 

La conversión obligatoria que se produjo entre 1391 y 1416, cambió radicalmente la situación de los judíos; nunca había llegado tan lejos en los actos violentos contra ellos.

La vieja hostilidad contra los judíos se había tornado hacia los cristianos nuevos, es decir, los conversos, los que de aquí en adelante constituyen un problema político, social y religioso y será precisamente el éxito social de los conversos lo que provocará la ira, el rencor, el odio y la envidia de los plebeyos que sospechaban que las conversiones nunca habían sido sinceras, pudiendo constatar estas dudas a través de denuncias, acusaciones -falsas o no – juicios y condenas.

Y vemos pues que también en este apartado de la historia, gracias a la documentación notarial (aparte de la documentación inquisitorial), se han podido recoger valiosos testimonios acerca de negocios, fortunas, contratos de toda índole entre judíos y cristianos, entre los mismos judíos y un sinfín de testigos mudos que ayudan a ampliar los conocimientos, también de aquella parte de nuestra historia.

Evidentemente, los documentos notariales son una excelente fuente para analizar y entender el sentir colectivo de una civilización, pues allí encontramos prejuicios, manías y valores culturales de un pueblo, por lo que el desarrollo histórico de la institución notarial nos ofrece situaciones de sumo interés.

Y parece probable que ya fueron los grupos «primitivos», dados a la práctica de ciertas formas rituales, que debieron sentir la necesidad de realizar algunos actos solemnes para perpetuar ciertos hechos, considerados como trascendentales, de modo que quisieron transmitir o dejar constancia de los mismos, convirtiéndolos así en propicios para exigir una regulación jurídica.

Y los cambios se irán sucediendo a lo largo de los siglos, cuyo testigo mudo – por ahora – sigue siendo la documentación notarial – en la forma que sea – como herramienta imprescindible para conocer una parte de la historia de nuestros antepasados.

 

Fuente: lavanguardia.com

Next Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Estoy de acuerdo con los terminos y condicciones de la Política de Privacidad.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Login to your account below

Fill the forms bellow to register

Retrieve your password

Please enter your username or email address to reset your password.