03/10/2021

«Palpé con la mano sus cuerpos, tanto el de ella como de las comadronas, levantando las faldas de sus ropas hasta la camisa, para ver si con engaño las madrinas traían consigo alguna criatura. Yo doy fe de cómo salió y parió de su cuerpo una criatura toda mojada, ojos cerrados, y vimos que dicha criatura era hombre, con todos los miembros masculinos que los hombres tienen, y señaladamente su miembro y ‘compañoles’, alias, vulgarmente y acompañados ‘cojones».

Esta acta notarial de un parto fechada en 1490 pertenece a Plácido Barrios, veterano notario de Alcalá de Henares, amante de su profesión y entusiasta de la historia, quien en una conversación telefónica con este diario ha querido compartir algunos de los detalles históricos más insignes de su oficio. Las funciones que ejerce el notariado español adolecen, al fin y al cabo, de cierto desconocimiento por parte de la población general. Más allá de las gestiones jurídicas que en algún momento de su vida alguien debe realizar para pedir un préstamo hipotecario, comprar una finca o contraer matrimonio por lo civil, la profesión del notario sufre de una imagen pública un tanto gris. Tenemos asumido que es una rama del derecho en la que parece que todo consiste en extender firmas y cobrar mucho. Pero lo cierto es que se trata de un servicio esencial para la buena marcha de la sociedad, pues como asegura el notario del Colegio Notarial de Madrid «estás siempre resolviendo los problemas del ciudadano común que necesita disponer de unas garantías jurídicas para asuntos de suma importancia».

Esta profesión milenaria (que se remonta a los escribas del Antiguo Egipto) radica su razón de ser en la fe pública, es decir, la potestad de cara al Estado, al Rey (en épocas feudales) o a la propia sociedad de que algo ‘es así’ o ‘es de’. Bien puede ser un parto de tiempos tardíamente medievales (como en el acta anteriormente transcrita) o un bombardeo sobre el Museo del Prado ocurrido en la Guerra Civil. Al final, los documentos notariales son la mejor forma de analizar y entender el sentir colectivo de una civilización, pues en ellos encontramos los prejuicios, manías y valores culturales de los ciudadanos a lo largo del tiempo y la historia. Barrios atesora actas notariales de tiempos remotos, sobre las que pronto escribirá un libro, a través de las que podemos entender las costumbres y los valores que regían una época, como la siguiente que viene a continuación sobre la virginidad del siglo XVI:

«Testimonia Andrés García que su nieta de ocho años, Lucía, se cayó accidentalmente mientras jugaba en un descampado y, además, se corrompió su virginidad». En este caso, como señala Barrios, se trataba de un abuelo que buscaba proteger a su querida nieta para que, en el momento de casarse, «siguiera considerándose doncella», lo cual no dejaba de ser un asunto capital en la España del siglo XVI de cara a contraer matrimonio con algún muchacho en el futuro. «Ahora, evidentemente, nos escandalizaríamos ante algo así, pero en aquella época era lo normal», y cita otra de estas actas que ahora nos resuenan ofensivas hacia las mujeres y la exigencia de llegar vírgenes al púlpito«Yo, Gracián de Soria, me comprometo a casarme con Elvira, pero si Elvira no fuese virgen, no me consideraré obligado a tomarla por esposa».

Que sea virgen, que no judío/a

Los notarios de aquellos años, más conocidos como escribanos, no solo debían garantizar la veracidad de un parto o de que una doncella fuera virgen, sino que también nos encontramos con documentos sobre mancebías (actas de locales donde se ejercía la prostitución) o de circuncisión. A este respecto, Barrios asegura que «estar circuncidado era algo estigmatizado por ser una práctica judaizante y, por tanto, mal vista para la población cristiana», de ahí que «muchos que sufrían enfermedades en sus partes nobles debían garantizar ante notario que la circuncisión se había llevado a cabo por motivos de necesidad», recalca, citando otra acta en el que el notario describe cómo tuvieron que cortar el ‘capullo’ por «la ‘cancar’ que en el miembro residía». En este caso, el notario debía justificar hasta la propia operación quirúrgica: «Luego le metió la navaja en dicho capullo, restañó la sangre».

«Dotamos a nuestra hermana que es doncella y que está en edad de casamiento, y le tenemos mucho amor, habrá de casarse con labrador o persona de campo de nuestro contentamiento, y no con usurero ni persona de Granada». En este caso, el acta notarial pertenece a una familia andaluza de la localidad de Santa Fe que, en tiempos remotos, quería ante todo casar a su hermana con una persona que no fuera residente de la ciudad de Granada, dejando entrever una gran inquina o desprecio por sus propios vecinos a pocos kilómetros.

«Vagabundos de la fe pública»

El oficio se remonta al Antiguo Egipto con los escribas, como decíamos, pero el notariado tal y como lo conocemos ahora viene del siglo XIII y es de inspiración románica. «El poder público se da cuenta de que necesita dar seguridad jurídica a las compraventas, matrimonios y herencias», sostiene Barrios. Así es como en España en 1255, en época de Alfonso X el Sabio, el Fuero General de Jaca y el Fuero Real de Castilla otorgaron a la carta sellada por notario la máxima autoridad. José Bono Huerta, el principal historiador del notariado español, recoge en sus obras y estudios que el siguiente hito importante fue la Pragmática de Alcalá de 1503, que actualizó y ordenó lo ya instituido.

Un poco antes está la Pragmática de Isabel la Católica, aprobada en Medina del Campo el 28 de octubre de 1480, la cual establece un sistema de protocolo «que sigue vigente hoy en día en su razón de ser». En aquellos tiempos, los escribanos antiguos ponían «notas torsales o marginales», que se llamaban así porque se situaban «en el margen del documento o pergamino». El siguiente punto en el que Barrios se detiene es en 1862. «Había degenerado todo, por todos los lugares proliferaban escribanos falsos a los que se les llamaba ‘vagabundos de la fe pública’ porque no estaban regulados», comenta el notario. «Todo ese maremágnum provocaba solapamientos y enfrentamientos entre los notarios, había notarios de designación real, señorial, de los monasterios, de las ciudades…». En este sentido, la Ley Orgánica del Notariado de 1862 establece que solo haya una única clase de notarios, «separando la fe pública judicial de la extrajudicial». Hasta entonces, se vendían al mejor postor las escribanías «y se llegó a hablar de nombramientos a menores de edad que eran analfabetos, las famosas ‘cartas blancas».

«El notario estaba ahí para todo desde tiempos remotos», sentencia Barrios. «Y, de alguna manera, lo que firmaba nadie lo ponía en cuestión». Ahora, evidentemente, sus funciones han cambiado. Desde el año 2015 han asumido muchas más, «sobre todo para aligerar la carga a los tribunales», como por ejemplo juras de nacionalidad o bodas. «Hoy tengo una boda a la una», asegura con voz alegre, dando a entender que los notarios se ocupan de «hacer feliz a la gente», en relación también a los extranjeros que, después de pasar las pruebas de nacionalidad y haber residido una temporada en el país, por fin pueden considerarse a efectos legales como españoles. «El otro día una chica cubana rompió en lágrimas delante de mí, llevaba mucho tiempo intentando acceder a la nacionalidad», rememora.

¿Cómo decide alguien ser notario? La respuesta un poco burra y recurrente bien podría ser ‘por la pasta’. A Barrios lo que más le gustaba era la historia, pero «como mis hermanos tenían la carrera, pero no trabajo y a mí se me daba bien memorizar, me decanté por el derecho». En sus propias palabras: «es una carrera completísima, te vale ‘para un roto y un descosido'». Luego descubrió que lo que más le gustaba era el derecho civil y acabó haciéndose notario. «La gente siempre piensa que la mayor gratificación es la económica, pero realmente a mí lo que más me gusta de mi oficio es el lado humano, tratamos directamente con la gente, con sus problemas y anhelos».

Por último, cabe destacar el papel de los notarios en épocas de crisis. En la Guerra Civil tuvieron un papel muy importante y comprometido (Barrios habla de ello detalladamente en otro artículo), así como en la pandemia. «El acta notarial es un servicio esencial», concluye. «Durante el coronavirus estuvimos en primera línea, a mí me toco salir de casa todos los días y estaba muy asustado, Alcalá era uno de los sitios más afectados. La gente no paraba de agradecérnoslo, venían y se sorprendían de que siguiéramos abiertos. El agradecimiento que sentimos fue impagable, sentimos que cumplimos con nuestro deber y obligación», concluye.

 

Fuente: elconfidencial.com

Next Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Estoy de acuerdo con los terminos y condicciones de la Política de Privacidad.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Login to your account below

Fill the forms bellow to register

Retrieve your password

Please enter your username or email address to reset your password.