"Yo empieso a leerlo todo; sí, todo lo que llega a mis manos. Cierto arte experimental, sin el que el oficio sería imposible, me enseña a echar a un lado bien pronto lo que desde luego se ve que no puede tener nada bueno... Otras cosas, se siguen leyendo; a veces hay que llegar al final para juzgar bien. Y después se calla. No merecen ni pena ni gloria. Esto es, merecen pena, pues en arte hay que merecer gloria para no merecer pena; pero la pena adecuada es el silencio... Se habla, es natural, cuando un libro inspira algo; cuando hace sentir, pensar; cuando enseña, deleita" 

- L. A. Clarín

 .

Oscar M. Prieto | 17 mayo 2016  

.

aa-1-300x300«Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales». Así comienza aquel recuerdo infantil de Antonio Machado del primer aprendizaje. Aquellos primeros conocimientos que revelaban leyes que ordenaban la realidad. La partes de una oración: sujeto, verbo y predicado. Los tres reinos que comprendían a los seres vivos y a los inanimados: reino animal, reino vegetal y reino mineral. Las formas básicas: circunferencia, triángulo y cuadrado. La tabla de multiplicar. Uno se creía en posesión de secretos poderosos. El mundo era un lugar sencillo que se podía comprender: Padre, Hijo y Espíritu Santo; peces, anfibios, mamíferos y aves; equilátero, isósceles y escaleno; dos por dos son cuatro.
.

Puedo recordar la emoción de aprender a multiplicar, de pasar de la tabla del dos a la del tres y así hasta llegar a la del 9, momento en la vida en el que, uno deja de sentirse desvalido y se cree capaz de llevar la contraria a sus papás. La tabla del 9. Fue una emoción parecida, y probablemente por las mismas fechas, que la del día que aprendí a silbar con los dedos. Me quedé afónico pero, qué felicidad. Aprender debería ser una felicidad. ‘Aprehender’, así, con h intercalada, de aquí viene, porque quien aprende se hace con una porción de la realidad, del mundo, de la vida. La hace suya. La conquista.
.

No era tarde, sino mediodía, también llovía, en esta primavera que no nos deja de llover. No tenía mucho tiempo para comer y me decidí por una hamburguesa. Elegí para sentarme la mesa delante de la que estaban sentadas dos chicas, de unos veinte años. Intencionadamente. Quería escuchar de qué hablaban. De la universidad, de exámenes. Por las notas que decían que sacaban, parecían estudiantes aplicadas. Fue aquí cuando el suelo se abrió bajo mis pies y casi me traga. Una de ellas sólo se sabía la tabla del 2. La otra, la del 2 y la del 3. Y también la del 5, que es muy fácil. Añadió. Yo no daba crédito. Las dos se reían. ¿Para qué saberla? Era una pérdida de tiempo. El móvil tiene calculadora.
.

No haré juicios de valor. Temo que quizás tengan razón y yo me haya quedado anticuado, desfasado. ¿Para qué saber, teniendo móvil?
.

Salud.
.

Fuente: blog.culturamas.es